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martes, 4 de mayo de 2010

Tres concepciones de la revolución rusa

León Trotsky

(agosto de 1939)



La Revolución de 1905 no fue sólo “el ensayo general de 1917” sino también el laboratorio del cual salieron todos los agrupamientos fundamentales del pensamiento político ruso, donde se conformaron o delinearon todas las tendencias y matices del marxismo ruso.2 El centro de las polémicas y diferencias lo ocupaba naturalmente la cuestión del carácter histórico de la revolución rusa y los caminos que tomaría su desarrollo en el futuro. En sí y de por sí esta guerra de concepciones y pronósticos no se relaciona directamente con la biografía de Stalin, quien no tuvo en ella ninguna participación independiente. Los pocos artículos propagandísticos que escribió sobre el problema carecen del menor interés teórico. Montones de bolcheviques, pluma en mano, popularizaron las mismas ideas con mucho más habilidad La explosión crítica de la concepción revolucionaria del bolchevismo, por su misma naturaleza, tendría que haber formado parte de una biografía de Lenin.



Sin embargo, las teorías sufren un destino propio. Si bien en la época de la primera revolución, y posterior­mente hasta 1923, cuando se elaboraron y aplicaron las doctrinas revolucionarias, Stalin no sostuvo ninguna posi­ción independiente, desde 1924 en adelante la situación cambia abruptamente. Se abre la etapa de la reacción burocrática y de la revisión drástica del pasado. La película de la revolución se proyecta al revés. Se someten las viejas doctrinas a nuevos enfoques y nuevas interpre­taciones. De manera a primera vista bastante inesperada se traslada el centro de la atención a la concepción de “la revolución permanente”, a la que se presenta como fuente de todos los desatinos del “trotskismo”. Durante varios años la crítica de esta concepción conforma el contenido principal del trabajo teórico –sit venio verbo [si es que se puede usar tal palabra]– de Stalin y sus colaboradores. Se puede decir que todo el estalinismo, considerándolo en el plano teórico, se desarrolló a partir de la crítica a la teoría de la revolución permanente tal como fue formulada en 1905. En esta medida, no puede dejar de aparecer en este libro, aunque sea en forma de apéndice, la exposición de esta teoría en sus diferencias con las de los bolcheviques y mencheviques.



Lo que caracteriza en primer lugar el desarrollo de Rusia es el atraso. El atraso histórico, sin embargo, no significa la mera reproducción del desarrollo de los países avanzados con una simple demora de uno o dos siglos. Engendra una formación social “combinada” totalmente nueva, en la que las conquistas más recientes de la técnica y la estructura capitalista se entrelazan con rela­ciones propias de la barbarie feudal y prefeudal, transformándolas, sometiéndolas y creando una relación pecu­liar entre las clases. Lo mismo se aplica al terreno de las ideas. Precisamente a causa de su retraso histórico, Rusia fue el único país europeo en el que el marxismo como doctrina y la socialdemocracia como partido alcanzaron antes de la revolución burguesa un poderoso desarrollo. Es entonces natural que precisamente en Rusia se haya sometido al más profundo análisis teórico el problema de la relación entre la lucha por la democracia y la lucha por el socialismo.



Los demócratas idealistas, especialmente los narod­niki,3 se negaban supersticiosamente a reconocer que la revolución inminente sería burguesa. La rotulaban de “democrática”, tratando, con una fórmula política neu­tral, de ocultar a los demás y a sí mismos su contenido social. Pero, en lucha contra el narodnikismo, Plejanov, el fundador del marxismo ruso planteó ya a principios de la década del 80 del siglo pasado que no había razón alguna para suponer que Rusia seguiría un camino privi­legiado. Igual que otras naciones “profanas” tendría que atravesar el purgatorio del capitalismo; así precisamente lograría la libertad política indispensable para la lucha posterior del proletariado por el socialismo. Plejanov no sólo separaba como tareas la revolución burguesa de la socialista, a la que posponía para un futuro indefinido; suponía que en cada una de ellas se darían combina­ciones de fuerzas totalmente diferentes. El proletariado conquistaría la libertad política en alianza con la bur­guesía liberal; después de varias décadas, y con un nivel superior de desarrollo capitalista, realizaría la revolución socialista en lucha directa contra la burguesía. Lenin, por su parte, escribía a fines de 1904:



“Al intelectual ruso siempre le parece que reconocer nuestra revolución como burguesa significa desteñirla, degradarla, rebajarla [...] Para el proletariado la lucha por la libertad política y la república democrática en la sociedad burguesa es simplemente una etapa necesaria en la lucha por la revolución socialista.”



“Los marxistas están absolutamente convencidos –escribía en 1905– del carácter burgués de la revolu­ción rusa. ¿Qué significa esto? Significa que las transfor­maciones democráticas que se han vuelto indispensables en Rusia [...] no implican, por sí mismas, la liquidación del capitalismo, del gobierno burgués. Por el contrario, abonarán el terreno, por primera vez y de manera real. para un desarrollo del capitalismo amplio y rápido, eu­ropeo y no asiático. Permitirán por primera vez el gobier­no de la burguesía como clase [...]”



“No podemos saltar por encima del marco democráti­co-burgués de la revolución rusa –insistía– pero pode­mos extender este marco en grado colosal.” Es decir, podemos crear dentro de la sociedad burguesa condi­ciones mucho más favorables para la lucha futura del proletariado. Dentro de estos límites Lenin seguía a Ple­janov. El carácter burgués de la revolución fue el punto de partida de las dos fracciones de la socialdemocra­cia rusa.



Es bastante natural que en estas condiciones Koba [Stalin] no haya ido en su propaganda más allá de esas fórmulas populares que forman parte del patrimonio común de bolcheviques y mencheviques.



“La Asamblea Constituyente –escribió en enero de 1905– electa en base al sufragio igualitario, directo y secreto: por esto tenemos que luchar ahora. Sólo esta asamblea nos dará la república democrática, que tan ur­gentemente necesitamos en nuestra lucha por el socialismo.” La república burguesa como escenario de una postergada lucha de clases por la meta socialista; ésa es la perspectiva.



En 1907, es decir, después de innumerables discusiones publicadas en la prensa de San Petersburgo y en la del extranjero, y después de un serio análisis de los pronós­ticos teóricos en base a las experiencias de la primera revolución, Stalin escribía:



“Parece que todos están de acuerdo en nuestro partido en que nuestra revolución es burguesa, que concluirá con la destrucción del orden feudal y no del orden capita­lista, que culminará sólo con la república democrática.” Stalin no se refería a cómo comienza la revolución sino a cómo termina, y de antemano y bastante categóri­camente la limitaba a “sólo la república democrática”. En vano buscaríamos en sus escritos siquiera un indicio de alguna perspectiva de revolución socialista ligada a un vuelco democrático. Esta seguía siendo su posición, toda­vía a comienzos de la Revolución de Febrero de 1917,4 hasta la llegada de Lenin a San Petersburgo.



Para Plejanov, Axelrod y en general todos los líderes del menchevismo5 la caracterización sociológica de la revolución como burguesa era políticamente válida sobre todo porque prohibía de antemano provocar a la burgue­sía con el espectro del socialismo y “echarla” en brazos de la reacción. “Las relaciones sociales han madurado en Rusia solamente para la revolución burguesa”, decía el principal táctico del menchevismo, Axelrod, en el Congreso de Unidad [abril de 1906]. “Ante la liquidación generalizada de los derechos políticos en nuestro país ni hablar se puede siquiera de una batalla directa entre el proletariado y otras clases por el poder político [...] El proletariado lucha por lograr las condiciones que permiti­rán el desarrollo burgués. Las condiciones históricas obje­tivas determinan que sea el destino de nuestro proleta­riado colaborar inevitablemente con la burguesía en la lucha contra el enemigo común.” De esa manera, se limitaba de antemano el contenido de la revolución rusa a las transformaciones compatibles con los intereses y posiciones de la burguesía liberal.



Es precisamente en este punto que comienza el desa­cuerdo básico entre las dos fracciones. El bolchevismo se negaba absolutamente a reconocerle a la burguesía rusa la capacidad de llevar hasta el fin su propia revolución. Con una fuerza y una coherencia infinitamente superiores a las de Plejanov, Lenin planteó la cuestión agraria como el problema central del vuelco democrático en Rusia. “El eje de la revolución rusa –repitió– es la cuestión agria (de la propiedad de la tierra). Las conclusiones respecto a la derrota o la victoria de la revolución tienen que basarse en el cálculo [...] de la situación en que se hallan las masas para luchar por la tierra.” Igual que Plejanov, Lenin consideraba al campesinado como una clase pequeñoburguesa; su programa agrario como un programa de progreso burgués. “La nacionalización es una medida burguesa –insistía en el Congreso de Uni­dad–. Dará impulsos al desarrollo del capitalismo; agudi­zará la lucha de clases, favorecerá la movilidad de la propiedad de la tierra, provocará la inversión de capitales en la agricultura, hará bajar los precios de los cereales.” Pese al indudable carácter burgués de la revolución agra­ria, la burguesía rusa seguía siendo hostil a la expropia­ción de los latifundios; precisamente por eso tendía al compromiso con la monarquía basado en una consti­tución de tipo prusiano. Lenin contraponía a la idea de Plejanov de una alianza entre el proletariado y la bur­guesía liberal la de una alianza entre el proletariado y el campesinado. Proclamó como tarea de la colaboración revolucionaria de estas dos clases la implantación de una “dictadura democrática”, único medio de limpiar radicalmente a Rusia de toda la basura feudal, crear un sistema de campesinos libres y allanar el camino al desarrollo del capitalismo según el modelo norteamericano, no el pru­siano.



El triunfo de la revolución, escribía, puede culminar “solamente en una dictadura, ya que la realización de las transformaciones que el proletariado y el campesinado necesitan inmediata y urgentemente provocará la resistencia desesperada de los terratenientes, la gran burguesía y el zarismo. Sin la dictadura será imposible quebrar esta resistencia y rechazar los ataques contrarrevolucionarios. Pero no será, por supuesto, una dictadura socialista sino una dictadura democrática. No podrá afectar (antes de una serie de etapas transicionales del proceso revolucionario) los fundamentos del capitalismo. Podrá, en el mejor de los casos, realizar una repartición radical de la propiedad agraria en favor del campesinado, introducir una democracia coherente y plena hasta instituir la repú­blica, hacer desaparecer todas las características asiáticas y feudales tanto de la vida cotidiana de la aldea como de la fábrica, comenzar a mejorar seriamente la situación de los trabajadores y a elevar su nivel de vida, y, lo que es muy importante, trasladar la conflagración revolucionaria a Europa.”



La concepción de Lenin representó un enorme avance en tanto no partía de las reformas constitucionales sino del cambio agrario como objetivo central de la revolución y señalaba la única combinación de fuerzas sociales que realmente podía realizarlo. El punto débil de la concep­ción de Lenin, sin embargo, estaba en la idea internamen­te contradictoria de “la dictadura democrática del prole­tariado y el campesinado”. El mismo Lenin subestimaba la limitación fundamental de esta dictadura al llamarla burguesa. Con esto quería decir que, en función de preservar su alianza con el campesinado, el proletariado, en la revolución que se aproximaba, tendría que poster­gar el planteo directo de los objetivos socialistas. Pero esto hubiera significado la renuncia del proletariado a su propia dictadura. En consecuencia, la esencia de la cues­tión residía en la dictadura del campesinado, aunque con la participación de los obreros.



En algunas ocasiones Lenin lo planteó precisamente así. Por ejemplo, en la Conferencia de Estocolmo [abril de 1906], al refutar a Plejanov, que se pronunció en contra de la “utopía” de la toma del poder, Lenin dijo: “¿Cuál es el programa que está en discusión? El progra­ma agrario. ¿Quién se supone que tomará el poder con este programa? El campesinado revolucionario. ¿Acaso mezcla Lenin el poder del proletariado con este campe­sinado? “ No, dice refiriéndose a sí mismo: Lenin dife­rencia tajantemente el poder socialista del proletariado del poder democrático-burgués del campesinado. “Pero –exclama nuevamente– ¿cómo será posible que triunfe la revolución campesina sin la toma del poder por el cam­pesinado revolucionario?” En esta formulación polémica Lenin revela con particular claridad la vulnerabilidad de su posición.



El campesinado está disperso sobre la superficie de un enorme país cuyos lugares de concentración claves son las ciudades. El campesinado es incapaz de formular siquiera sus propios intereses, en tanto aparecen como diferentes en cada distrito. La ligazón económica entre las provincias la crean el mercado y el ferrocarril, pero ambos están en manos de las ciudades. Al tratar de romper con las limitaciones de la aldea y generalizar sus propios intereses, el campesinado inevitablemente cae en dependencia política de la ciudad. Finalmente, el campe­sinado es heterogéneo en sus relaciones sociales: el sector de los kulaki [campesinos ricos] tiende naturalmente a la alianza con la burguesía urbana, mientras que los sectores más pobres de la aldea se inclinan hacia el proletariado urbano. En estas condiciones el campesinado como tal es totalmente incapaz de tomar el poder. Es cierto que en la antigua China las revoluciones llevaron al poder al campesinado o, más precisamente, a los dirigentes militares de las insurrecciones campesinas. Esto llevaba cada vez a una nueva división de la tierra y a la instauración de una nueva dinastía “campesina”, a partir de la cual todo empezaba de nuevo; una nueva concentración de la tierra, una nueva aristocracia, un nuevo sistema de usura y una nueva insurrección. En tanto la revolución conserva su carácter netamente campesino sino la sociedad es incapaz de salir de estos círculos viciosos. Esta fue la base de la historia antigua de Asia, incluyendo la rusa. En Europa, a partir de fines de la Edad Media, toda insurrección campesina que triunfaba no llevaba al poder un gobierno campesino sino a un partido urbano de izquierda. Para plantearlo con más precisión, una insurrección campesina tenía éxito exac­tamente en la medida en que lograba fortalecer la situa­ción del sector revolucionario de la población urbana. En la Rusia burguesa del siglo XX ni hablar cabía de la toma del poder por el campesinado revolucionario.



La actitud hacia la burguesía liberal fue, como ya lo dijimos, lo que diferenciaba a revolucionarios y oportunistas en las filas socialdemócratas. ¿Hasta dónde podía llegar la revolución rusa? ¿Qué carácter tendría el futuro gobierno provisional revolucionario? ¿Qué tareas enfren­taría? ¿Y qué orden? Estas cuestiones tan importantes podían plantearse correctamente sólo teniendo en cuenta el carácter fundamental de la política del proletariado, determinado a su vez por la actitud que asumiría respec­to a la burguesía liberal. Plejanov, de manera evidente y cobarde, cerraba los ojos a la conclusión básica que se extrae de la historia política del siglo XIX: cada vez que el proletariado avanza como fuerza política indepen­diente la burguesía se vuelca al campo de la contrarrevo­lución. Cuanto más audaz es la lucha de las masas más rápida es la degeneración reaccionaria del liberalismo. Nadie inventó todavía una manera de paralizar las conse­cuencias de la ley de la lucha de clases.



“Debemos alegramos por el apoyo de los partidos no proletarios –repetía Plejanov durante la primera revolu­ción– y no alejarlos de nosotros con acciones poco tácticas.” Con esta suerte de argumentaciones monótonas el filósofo del marxismo señalaba que le era inaccesible la dinámica viva de la sociedad. “La falta de táctica” puede alejar a un sensitivo intelectual individualmente. Lo que atrae y rechaza a las clases y los partidos son los intere­ses sociales. “Puede asegurarse con certeza –replicaba Lenin a Plejanov– que los liberales y los terratenientes le perdonarán millones de ‘acciones poco tácticas’ pero ni un solo llamado a tomar las tierras.” Y no sólo los terratenientes. Las capas más altas de la burguesía están ligadas con los terratenientes por los intereses que deri­van de la propiedad, y más estrechamente por el sistema bancario. Las capas más altas de la pequeña burguesía y la intelligentzia dependen material y moralmente de los grandes y medianos propietarios; todos ellos temen al movimiento independiente de las masas. Además, para derrocar al zarismo es necesario decidir a decenas y decenas de millones de oprimidos al asalto heroico, abne­gado, sin trabas, que no se detendría ante nada. Las masas pueden elevarse hasta la insurrección sólo bajo el estandarte de sus propios intereses, y en consecuencia de la hostilidad irreconciliable hacia las clases explotadoras, comenzando con los terratenientes. El “alejamiento” de la burguesía opositora respecto de los obreros y campesi­nos revolucionarios era por lo tanto una ley inmanente de la revolución, y no se lo podía eludir con la diploma­cia o el “tacto”.



Cada mes que pasaba confirmaba la caracterización leninista del liberalismo. Contrariamente a las expectati­vas de los mencheviques, los cadetes no sólo no se disponían a ocupar su lugar al frente de la revolución “burguesa”,6 sino consideraban, cada vez en mayor me­dida, que su misión histórica era la de luchar contra la revolución.



Luego del aplastamiento de la Insurrección de Diciem­bre,7 los liberales, que gracias a la efímera Duma salie­ron a la escena política, hicieron los mayores esfuerzos para justificarse ante la monarquía y explicar lo poco activo de su conducta contrarrevolucionaria en el otoño de 1905, cuando se vieron amenazados los fundamentos más sagrados de la “cultura”. El dirigente liberal Miliu­kov,8 que condujo las negociaciones tras las bambalinas con el Palacio de Invierno, demostró en la prensa, de manera bastante correcta, que a fines de 1905 los cadetes ni siquiera podían mostrarse ante las masas. “Los que ahora acusan al partido [cadete] –escribía– por no haber protestado a tiempo convocando a manifestaciones con­tra las ilusiones revolucionarias del trotskismo [...] sim­plemente no comprenden o no recuerdan los ánimos reinantes en las reuniones o actos democráticos de ese entonces.” Por “ilusiones del trotskismo” el dirigente liberal entiende la política independiente del proletaria­do, que les ganó a los soviets la simpatía de los sectores más sumergidos de las ciudades, de los soldados, los campesinos y todos los oprimidos, que por la misma razón rechazaban a la “sociedad educada”. La evolución de los mencheviques siguió líneas paralelas. Tenían que justificarse con frecuencia cada vez mayor ante los libera­les por haber constituido un bloque con Trotsky después de octubre de 1905. Las explicaciones de Martov, el talentoso publicista de los mencheviques, fueron tan ba­jas que llegó a plantear que fue necesario hacer concesio­nes a las “ilusiones revolucionarias” de las masas.



En Tiflis los agrupamientos se conformaron sobre las mismas bases principistas que en San Petersburgo. “Que se aplaste a la reacción –escribía Zordania, el dirigente de los mencheviques caucasianos–9 que se conquiste y se aplique la constitución, dependerá de la unificación cons­ciente de las fuerzas del proletariado y de la burguesía y de su lucha en pro del objetivo común [...] Es cierto que el campesinado será arrastrado al movimiento infiriéndole un carácter elemental, pero sin embargo el rol decisivo lo jugarán estas dos clases, mientras que el cam­pesinado llevará agua a su molino.” Lenin se burlaba de los temores de Zordania de que una política irreconcilia­ble hacia la burguesía hunda a los obreros en la impoten­cia. Zordania “discute el problema del posible aislamien­to del proletariado en la insurrección democrática y se olvida... del campesinado! Entre todos los posibles alia­dos del proletariado señala a los terratenientes liberales y se enamora de ellos. Y no señala a los campesinos. ¡Y eso en el Cáucaso!”.



La refutación de Lenin, aunque correcta en esencia, simplifica la cuestión en un aspecto. Zordania no se “olvidaba” del proletariado; como se desprende de la misma cita de Lenin, no podría haberlo olvidado en el Cáucaso, donde se estaba rebelando tumultuosamente ba­jo las banderas de los mencheviques. Zordania veía en el campesinado, sin embargo, no tanto un aliado político como un ariete histórico que podía ser utilizado por la burguesía aliada al proletariado. No creía que el campesi­nado pudiera transformarse en una fuerza dirigente, ni siquiera independiente, en la revolución; y en esto no se equivocaba. Pero tampoco creía que el proletariado pu­diera llevar al triunfo la insurrección campesina; y aquí estaba su error fatal.



La idea menchevique de una alianza entre el proletariado y la burguesía significaba en realidad el sometimiento de los obreros y los campesinos a los liberales. El utopis­mo reaccionario de este programa estaba determinado por el hecho de que la avanzada desintegración de las clases negaba de antemano a la burguesía la posibilidad de constituirse en un factor revolucionario. En este aspecto fundamental tenían absoluta razón los bolcheviques: una alianza con la burguesía liberal inevitablemente pondría a la socialdemocracia en contra del movimiento revolucionario de los obreros y campesinos. En 1905 los menche­viques todavía no tenían el coraje suficiente como para sacar todas las conclusiones necesarias de su teoría de la revolución “burguesa”. En 1917 llevaron sus ideas hasta sus ultimas consecuencias y se rompieron la cabeza.



En el problema de la actitud hacia los liberales Stalin estuvo del lado de Lenin durante la primera revolución. Hay que aclarar que en esta época hasta la mayoría de la base menchevique estaba más cerca de Lenin que de Plejanov en lo tocante a la burguesía opositora. Era una tradición literaria en el radicalismo intelectual el despre­cio a los liberales. Sería sin embargo tarea vana buscar en Koba [Stalin] una contribución independiente sobre esta cuestión, un análisis de las relaciones sociales en el Cáucaso, nuevos argumentos o siquiera una formulación nue­va de los argumentos viejos. Zordania era mucho más independiente respecto a Plejanov que Stalin respecto a Lenin. “En vano intentan los Señores Liberales –escribía Koba después del 9 de enero– salvar el trono tambaleante del zar. ¡En vano le tienden la mano! [...] Las masas populares rebeladas se preparan para la revolución, no para la reconciliación con el zar [...] Sí señores, vuestros esfuerzos son inútiles. ¡La revolución rusa es inevitable, tan inevitable como que salga el sol! ¿Pueden ustedes evitar que salga el sol? ¡Esa es la cuestión!” Y etcétera, etcétera. Koba no fue más allá. Dos años y medio des­pués, repitiendo a Lenin casi literalmente, escribía: “La burguesía liberal rusa es antirrevolucionaria. No puede ser la fuerza motriz ni, mucho menos, la dirigente de la revolución. Es el enemigo jurado de la revolución y se impone librar una lucha audaz contra ella.” Sin embargo, precisamente alrededor de este problema fundamental Stalin iba a sufrir una metamorfosis total durante los diez años siguientes. La Revolución de Febrero de 1917 lo encontró participando en un bloque con la burgue­sía liberal y en consecuencia hecho un campeón del planteo de la unidad con los mencheviques en un solo partido. Sólo la llegada de Lenin desde el extranjero puso punto final a la política independiente de Stalin, a la que calificó de caricatura del marxismo.



Los narodniki veían en los obreros y campesinos simplemente “trabajadores” y “explotados”, todos igualmente interesados en el socialismo. Los marxistas consi­deraban al campesino solamente un pequeño burgués que puede volverse socialista sólo en la medida en que deja, material o espiritualmente, de ser un campesino. Con el sentimentalismo que les era peculiar, los narodniki veían en esta caracterización sociológica un insulto moral al campesinado. Estas fueron, durante dos generaciones, las líneas generales de la principal lucha entre las tendencias revolucionarias de Rusia. Para comprender las polémicas posteriores entre el estalinismo y el trotskismo es necesa­rio hacer notar una vez más que Lenin nunca, ni por un momento siquiera, consideró al campesinado un aliado socialista del proletariado. Por el contrario, planteaba la imposibilidad de la revolución socialista en Rusia porque partía de la preponderancia colosal del campesinado. Esta idea aparece en todos los artículos en los que se refiere directa o indirectamente a la cuestión agraria.



“Apoyamos al movimiento campesino –escribía Lenin en setiembre de 1905– en la medida en que es un movimiento democrático revolucionario. Nos preparamos (ahora, inmediatamente) a luchar contra él en la medida en que se desarrollará como un movimiento reaccionario, antiproletario. La esencia misma del marxismo reside en esta doble tarea....” Lenin consideraba aliados socialistas al proletariado occidental y parcialmente a los elementos semiproletarios de la aldea rusa, pero nunca al campesinado como tal. “Desde el principio apoyaremos, hasta las últimas consecuencias, apelando a todas las medidas, hasta a la confiscación –repetía con la insistencia que le era propia– al campesinado en general contra el terrateniente, y posteriormente (y ni siquiera posteriormente sino al mismo tiempo) apoyaremos al proletariado contra el campesinado en general.”



“El campesinado conquistará la revolución democráti­co-burguesa –escribía en marzo de 1906– y de esta manera agotará completamente su espíritu revolucionario. El proletariado conquistará la revolución democrático-burguesa y de esta manera desplegará verdaderamente su genuino espíritu revolucionario socialista.” “El movimien­to campesino –repetía en mayo del mismo año– pertenece a una clase diferente. No es una lucha contra los fundamentos del capitalismo sino para liquidar los restos del feudalismo.” Se puede seguir en Lenin esta posición de uno a otro de sus artículos, año a año, tomo a tomo. Varían la forma de expresarse y los ejemplos, pero la idea básica sigue siendo la misma. No podía ser de otro modo. Si Lenin hubiera considerado al campesinado un aliado socialista, no tendría asidero su insistencia en el carácter burgués de la revolución y en la limitación de la “dictadura del proletariado y el campesinado” a tareas democráticas. En los casos en que Lenin acusó al autor de este libro de “subestimar” al campesinado no se refería, en absoluto, a mi no reconocimiento de las tendencias socialistas de éste. Por el contrario, lo que tenía en mente era mi no aceptación, incorrecta desde su punto de vista, de la independencia democrático-burguesa de ese sector, de su capacidad para crear su propio poder y por ende impedir la implantación de la dictadura socialista del proletariado.



La reconsideración de los conceptos en juego alrededor de este problema se inició recién con la reacción termido­reana, cuyos comienzos coincidieron aproximadamente con la enfermedad y la muerte de Lenin. Desde entonces se proclamó que la alianza de los obreros y los campesi­nos rusos constituía por sí misma una garantía suficiente contra los peligros de la restauración y un testimonio inmutable de la realización del socialismo dentro de las fronteras de la Unión Soviética. Al reemplazar la teoría de la revolución internacional por la del socialismo en un solo país, Stalin comenzó a considerar “trotskismo” la caracterización marxista del campesinado y, peor aun, refiriéndose no sólo al presente sino a todo el pasado.



Es admisible, por supuesto, plantearse si la concepción marxista clásica del campesinado se demostró errónea. Este tema nos llevaría mucho más allá de los límites de esta revisión. Basta con señalar aquí que el marxismo nunca otorgó a su caracterización del campesinado como clase no socialista un carácter absoluto y estático. El mismo Marx dijo que el campesinado no posee sólo supersticiones sino también la capacidad de razonar. Bajo condiciones variables también varía la índole del campesi­nado. El régimen de la dictadura del proletariado abrió posibilidades muy amplias de influir sobre el campesinado y reeducarlo.10 La historia todavía no agotó los límites de estas posibilidades.



Sin embargo, ahora ya está claro que el creciente rol que juega la coerción estatal en la URSS no refutó, sino confirmó fundamentalmente la actitud hacia el campesi­nado que distinguió a los marxistas rusos desde los na­rodnikis. Sin embargo, sea cual sea la situación actual al respecto, hoy, veinte años después de instaurado el nuevo régimen, es indiscutible que hasta la Revolución de Octu­bre, o más correctamente hasta 1924, ningún marxista, y Lenin menos que nadie, consideró al campesinado un factor socialista. Lenin repetía que sin la ayuda de la revolución proletaria en Occidente la restauración sería inevitable en Rusia. No estaba equivocado: la burocracia estalinista no es otra cosa que la restauración burguesa en Rusia.



Ya hemos analizado el punto de partida de cada una de las dos fracciones fundamentales de la socialdemocracia rusa. Pero paralelamente se formuló una tercera posición, ya con el despuntar de la primera revolución, que casi nadie aceptó en esos años.



Nos vemos obligados a plantearla aquí con la necesaria extensión, en parte por­que los acontecimientos de 1917 la confirmaron. Pero sobre todo porque siete años después de la Revolución de Octubre esta concepción, luego de habérsela distorsio­nado al máximo, comenzó a jugar un papel totalmente imprevisto en la evolución de Stalin y del conjunto de la burocracia soviética.



A comienzos de 1905 se publicó en Ginebra un folleto de Trotsky. En él se analizaba la situación política tal como se daba en el invierno de 1904. El autor llegaba a la conclusión de que la campaña independiente de los liberales de petitorios y banquetes había agotado ya todas sus posibilidades; que la intelligentzia radical. que había puesto todas sus esperanzas en los liberales, estaba junto con éstos en un callejón sin salida; que el movimiento campesino estaba creando las condiciones favorables para la victoria pero era incapaz de garantizarlas– que sólo se podría llegar a una definición a través de una insurrección armada del proletariado; que la fase siguien­te de este proceso sería la huelga general. El folleto se titulaba Antes del 9 de enero, porque fue escrito antes del Domingo Sangriento de San Petersburgo.11 La pode­rosa oleada de huelgas que estalló luego, junto con los enfrentamientos armados que complementaron las huel­gas, fueron una confirmación inequívoca de las previsio­nes estratégicas de este folleto.



La introducción a mi trabajo la escribió Parvus, un emigrado ruso que en ese entonces se destacaba en Ale­mania como escritor.12 Parvus era una personalidad ex­cepcionalmente creativa, tan capaz de asumir las ideas de los demás como de enriquecer a los demás con sus ideas. Le faltaba el equilibrio interno y el amor al trabajo necesarios para brindar al movimiento obrero la colabora­ción digna de su talento como pensador y escritor. Ejer­ció una influencia indudable en mi desarrollo personal, especialmente en lo que hace a la comprensión socialista revolucionaria de nuestra época. Unos años antes de nuestro primer encuentro Parvus había defendido apasio­nadamente en Alemania la idea de la huelga general; pero en ese entonces el país atravesaba un prolongado boom industrial, la socialdemocracia se había adaptado al régi­men de los Hohenzollern;13 la propaganda revolucionaria de ese extranjero no tuvo más eco que una irónica indiferencia. Al conocer, dos días después de los san­grientos acontecimientos de San Petersburgo, el manuscri­to de mi folleto, Parvus se sintió cautivado por la idea del rol excepcional que estaba destinado a jugar el prole­tariado en la atrasada Rusia.



Pasamos conversando esos pocos días que estuvimos juntos en Munich, que nos clarificaron muchas cosas a ambos y nos acercaron personalmente. La introducción al folleto escrita por Parvus entró entonces a formar parte de la historia de la revolución rusa. En pocas páginas iluminó las peculiaridades sociales de la Rusia atrasada; es cierto que ya se las conocía, pero nadie había planteado las conclusiones que se desprenden necesariamente de ellas.



“El radicalismo político de Europa occidental –escri­bió Parvus– se apoyaba, como ya se sabe, fundamentalmente en la pequeña burguesía. Esta estaba constituida por los artesanos y, en general, por ese sector de la burguesía que había sido atrapado por el desarrollo in­dustrial pero al mismo tiempo hecho a un lado por la clase capitalista.... En Rusia, durante el período preca­pitalista, las ciudades avanzaron más según el modelo chino que el europeo. Eran centros administrativos, de carácter puramente burocrático, sin la menor importancia política, mientras que en términos económicos servían sólo de centros comerciales, de bazares, para los terrate­nientes y campesinos ricos de los alrededores. Su desarro­llo era insignificante todavía cuando irrumpió el proceso capitalista, que comenzó a crear ciudades siguiendo su propio modelo, es decir, ciudades fabriles y centros del comercio mundial.... El mismo elemento que obstacu­lizó el avance de la democracia pequeñoburguesa favore­ció la conciencia de clase del proletariado ruso, es decir, el débil desarrollo de las formas de producción artesana­les. El proletariado se concentró inmediatamente en las fábricas....



“Los campesinos se pondrán en movimiento aun más masivamente. Pero ellos sólo pueden incrementar la anar­quía política del país y, de este modo, debilitar al gobierno; no pueden constituir un compacto ejército re­volucionario. Por lo tanto, con el desarrollo de la revolu­ción el proletariado tendrá que encarar una tarea política cada vez mas amplia. Paralelamente, aumentarán su auto-conciencia y su energía políticas....



”La socialdemocracia se verá enfrentada a la disyuntiva de asumir la responsabilidad del gobierno provisional o separarse del movimiento obrero. Los obreros considerarán suyo este gobierno más allá de cómo se conduzca la socialdemocracia.... Los únicos que pueden producir el cambio revolucionario en Rusia son los obreros. El go­bierno revolucionario provisional de Rusia será el gobier­no de una democracia obrera. Si la socialdemocracia encabeza el movimiento revolucionario del proletariado ruso, este gobierno será socialdemócrata....



”El gobierno provisional socialdemócrata no podrá rea­lizar la revolución socialista en Rusia, pero el mismo proceso de liquidación de la autocracia y establecimiento de la república democrática le proporcionará un terreno muy fértil para su trabajo.”



Me encontré una vez más con Parvus, esta vez en San Petersburgo, en el tumulto de los acontecimientos revolu­cionarios del otoño de 1905. Mientras nos manteníamos organizativamente independientes de ambas fracciones, editábamos juntos un periódico obrero de masas, Ruskoie Slovo [La Palabra Rusa], y en alianza con los menchevi­ques un periódico político, Nachalo [El Comienzo]. A menudo se relacionó la teoría de la revolución permanente con los nombres de “Parvus y Trotsky”. Esto era correcto sólo parcialmente. La época de apogeo revolu­cionario de Parvus fue el fin del siglo pasado, cuando encabezó la lucha contra el “revisionismo”, es decir la distorsión oportunista de la teoría de Marx. El fracaso de sus esfuerzos por empujar a la socialdemocracia alemana a una política más decidida minó su optimismo. Ante la perspectiva de la revolución socialista en Occidente Parvus empezó a reaccionar con reservas cada vez mayores. En esa época consideraba que “el gobierno provisional socialdemócrata no podrá realizar la revolución socialista en Rusia”. Sus previsiones no señalaban, por lo tanto, la transformación de la revolución democrática en socialista sino el establecimiento en Rusia de un régimen de democracia obrera del tipo del de Australia, donde, sobre el fundamento de una economía de agricultores, surgió por primera vez un gobierno laborista que no superó los marcos del régimen burgués.



Yo no compartía esta conclusión. La democracia aus­traliana creció orgánicamente en la tierra virgen de un nuevo continente y asumió inmediatamente un carácter conservador, sometiendo a un proletariado joven pero bastante privilegiado. La democracia rusa, por el contra­rio, surgiría sólo como resultado de un grandioso vuelco revolucionario, cuya dinámica en ningún caso daría lugar al gobierno obrero a permanecer dentro de los límites de la democracia burguesa. Nuestras diferencias, que comen­zaron poco después de la Revolución de 1905, terminaron en una ruptura total. A comienzos de la guerra, Parvus, en quien el escéptico había matado al revolucio­nario, se puso del lado del imperialismo alemán, y luego se convirtió en el consejero e inspirador del primer presi­dente de la república alemana, Ebert.14



Comenzando con el folleto Antes del 9 de enero, volví más de una vez al desarrollo y justificación de la teoría de la revolución permanente. En vista de la importancia que esta teoría adquirió posteriormente en la evolución ideológica del héroe de esta biografía, se me hace necesa­rio presentarla aquí citando con exactitud mis trabajos de 1905 y 1906.



“El conjunto de la población de una ciudad moderna, por lo menos de las ciudades de cierta significación económico-política, lo constituye la clase netamente dife­renciada del trabajador asalariado. Es precisamente esta clase, esencialmente desconocida durante la gran Revolu­ción Francesa, la destinada a jugar el rol decisivo en nuestra revolución... En un país económicamente atrasado el proletariado puede llegar al poder antes que en un país capitalista avanzado. El supuesto de una especie de dependencia automática de la dictadura prole­taria respecto a las fuerzas y recursos técnicos de un país es un prejuicio derivado de un materialismo ‘económico’ en extremo simplificado. Esa concepción no tiene nada en común con el marxismo... A pesar de que las fuerzas productivas de la industria de Estados Unidos son diez veces superiores a las nuestras, el rol político del proletariado ruso, su influencia en la política del país y su posible influencia en la política mundial son incompa­rablemente mayores que el rol y la significación del proletariado norteamericano....



“La revolución rusa, según nuestro punto de vista, creará las condiciones bajo las cuales el poder puede (y con el triunfo de la revolución debe) pasar a manos del proletariado antes de que los políticos del liberalismo burgués tengan oportunidad de desarrollar al máximo su genio de estadistas.... La burguesía rusa está entregan­do todas las posiciones políticas del proletariado. Del mismo modo tendrá que entregar a la dirección revolu­cionaria del campesinado. El proletariado en el poder aparecerá ante el campesinado como una clase emancipa­dora... El proletariado, apoyándose en el campesinado, pondrá todas sus fuerzas en juego para elevar el nivel cultural de la aldea y desarrollar la conciencia política de los campesinos.... ¿Pero acaso el campesinado pasará por encima del proletariado y ocupará su lugar? Es imposible. Toda la experiencia histórica se yergue contra esta presunción. Demuestra que el campesinado es com­pletamente incapaz de jugar un rol político independien­te.... De lo que ya dijimos resulta clara nuestra opi­nión sobre la idea de la ‘dictadura del proletariado y el campesinado’. El nudo de la cuestión no radica en si la admitimos o no en principio, en si consideramos ‘desea­ble’ o ‘indeseable’ esta forma de cooperación política. La consideramos irrealizable, al menos en un sentido directo e inmediato....”



Lo ya explicado demuestra lo erróneo de la afirma­ción, más adelante indefinidamente repetida, de que la concepción aquí presentada “saltaba por encima de la revolución burguesa”.



“La lucha por la renovación demo­crática de Rusia –escribí en esa época– ha surgido del capitalismo, las fuerzas que la conducen son producto del capitalismo y está dirigida directamente y ante todo contra los obstáculos que opone la servidumbre feudal al desarrollo de la sociedad capitalista.” La cuestión, sin embargo, era: ¿qué fuerzas y métodos pueden remover estos obstáculos? “Podemos poner punto final a las cuestiones que plantea la revolución afirmando que la nuestra es burguesa por sus fines objetivos y en conse­cuencia por sus resultados inevitables. Corremos entonces el peligro de cerrar los ojos ante el hecho de que el prin­cipal agente de esta revolución burguesa es el proletariado, y de que todo el proceso de la revolución empujará a éste al poder.... Podemos tranquilizarnos con la idea de que las condiciones sociales de Rusia no están maduras todavía para una economía socialista, y negamos así a considerar el hecho de que el proletariado, una vez en el poder, se verá inevitablemente empujado, por la misma lógica de su situación, a introducir una economía contro­lada por el estado.... El mismo acto de entrar al gobierno no como huéspedes impotentes sino como fuer­za dirigente permitirá a los representantes del proletariado quebrar los límites entre el programa mínimo y el máximo, es decir, poner el colectivismo a la orden del día. En qué punto se detendrá el proletariado dependerá de la relación de fuerzas, no de las intenciones originales de su partido....



“Pero no es demasiado pronto para plantearse este problema: ¿Debe inevitablemente restringirse a los lími­tes de la revolución burguesa la dictadura del proletariado? ¿No puede plantearse, sobre las bases histórico-mun­diales existentes, alcanzar la victoria rompiendo esos lími­tes?... De una cosa podemos estar seguros: sin el apoyo estatal directo del proletariado europeo la clase obrera de Rusia no podrá permanecer en el poder ni convertir su gobierno temporario en una dictadura socia­lista prolongada...” De aquí, sin embargo, no se desprende en absoluto un pronóstico pesimista: “La emancipación política encabezada por la clase obrera de Rusia la eleva como dirigente a alturas históricas sin precedentes, le otorga fuerzas y recursos locales v la convierte en pionera de la liquidación mundial del capita­lismo, para la que la historia creó todos los requisitos objetivos necesarios....”



Sobre las posibilidades de que la socialdemocracia cumpla con este objetivo histórico, yo escribía en 1906: “Los partidos socialistas europeos –sobre todo el más poderoso de ellos, el alemán– han elaborado su propio conservadurismo. A medida que masas cada vez más amplias se acercan al socialismo y que la organización y disciplina de estas masas aumenta, este conservadurismo también se incrementa. A causa de ello la socialdemocracia, como organización que encarna la experiencia política del proletariado, puede transformarse en un momento determinado en un obstáculo directo en el camino del conflicto abierto entre los obreros y la reacción burguesa ...” Concluía mi análisis, sin embargo, expresando mi plena seguridad de que “la revolución oriental llenará al proletariado occidental de idealismo revolucionario y despertará en él el deseo de hablar con su enemigo ‘en ruso’...”



Recapitulemos. El narodnikismo, cuando el surgimien­to de los eslavófilos, partió de ilusiones respecto a los caminos absolutamente originales que seguiría el desarrollo ruso y dejaba de lado el capitalismo y la república burguesa. El marxismo de Plejanov hacía el eje en demos­trar la identidad de principios entre las vías históricas de Rusia y las de Occidente. El programa que de aquí se derivaba ignoraba el conjunto de las peculiaridades de la estructura social y el desarrollo histórico de Rusia, reales y para nada místicas. La actitud de los mencheviques hacia la revolución, jalonada de desviaciones episódicas o individuales, se reduce a lo siguiente: el triunfo de la revolución burguesa en Rusia se concibe sólo bajo la dirección de la burguesía liberal y debe entregarle a ésta el poder. El régimen democrático permitirá entonces al proletariado ruso aliarse con sus hermanos mayores de Occidente en la lucha por el socialismo con un éxito incomparablemente mayor que el obtenido hasta entonces.



La perspectiva de Lenin puede expresarse brevemente como sigue: la retrasada burguesía rusa es incapaz de llevar hasta el final su propia revolución. La victoria total de la revolución por medio de la “dictadura democrática del proletariado y el campesinado” liquidará del país el medievalismo, investirá el desarrollo del capitalismo ruso de un ritmo norteamericano, fortalecerá al proletariado de la ciudad y el campo y abrirá amplias posibilidades a la lucha por el socialismo. Por otra parte, el triunfo de la revolución rusa dará un fuerte impulso a la revolución socialista en Occidente, la que alejará de Rusia el peligro de restauración y permitirá al proletariado ruso con­quistar el poder en un lapso histórico relativamente breve.



La perspectiva de la revolución permanente puede re­sumirse en estas palabras: la victoria total de la revolu­ción democrática en Rusia es inconcebible de otra mane­ra que a través de la dictadura del proletariado apoyada en el campesinado. La dictadura del proletariado, que inevitablemente pondrá a la orden del día no sólo tareas democráticas sino también socialistas, dará al mismo tiempo un poderoso impulso a la revolución socialista internacional. Sólo el triunfo del proletariado en Occi­dente evitará la restauración burguesa y permitirá cons­truir el socialismo hasta sus últimas consecuencias.



Esta formulación concisa revela con idéntica claridad tanto la similitud de las dos últimas en su oposición irreconciliable a la perspectiva liberal-menchevique así como sus diferencias, en extremo esenciales, sobre la cuestión del carácter social y las tareas de la “dictadura” que surgiría de la revolución. La objeción, frecuentemente repetida, de los actuales teóricos de Moscú de que el programa de la dictadura del proletariado era “prematuro” en 1905 carece totalmente de sentido. La experiencia demostró que el programa de la “dictadura democrática del proletariado y el campesinado” era igualmente “prematuro”. La relación de fuerzas desfavorable en la época de la primera revolución hacía imposible, no la dictadura del proletariado como tal sino, en general, el triunfo de la revolución. Mientras tanto, todas las tendencias revolucionarias cifraban sus esperanzas en la victoria total: sin esa esperanza sería imposible la lucha revolucionaria sin trabas. Las diferencias se referían a las perspectivas generales de la revolución y a las diferencias estratégicas que de allí se deducían. La perspectiva menchevique era falsa hasta la médula; señalaba al proletariado un camino totalmente erróneo. La del bolchevismo no era completa: señalaba correctamente la orientación general de la lucha pero caracterizaba incorrectamente sus etapas. La debilidad de la perspectiva bolchevique no se reveló en 1905 sólo porque la misma revolución no siguió desarrollándose. Pero a comienzos de 1917 Lenin, en lucha abierta contra los cuadros más viejos del partido, se vio obligado a cambiar de perspectiva.



En política no se puede pretender pronósticos tan exactos como en astronomía. Es suficiente si indican correctamente la línea general de desarrollo y ayudan a orientarse en el curso real de los acontecimientos, cuya línea básica oscila inevitablemente a derecha o izquierda. En este sentido es imposible no reconocer que la concep­ción de la revolución permanente ha pasado bien el examen de la historia. Durante los primeros años del régimen soviético nadie la negó expresamente; por el contrario, se la aceptaba en cantidad de publicaciones oficiales. Pero, cuando la reacción burocrática contra Octubre se abrió paso en la pasiva y osificada cúpula de la sociedad soviética, desde un comienzo atacó esta teo­ría. Es que ella reflejaba más acabadamente que ninguna otra la primera revolución proletaria de la historia y a la vez el carácter incompleto, limitado y parcial de ésta. Así, por oposición, se originó la teoría del socialismo en un solo país, el dogma básico del estalinismo. ■







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1 “Tres concepciones de la revolución rusa”. Traducido de la versión en inglés publicada en la revista Cuarta Interna­cional, noviembre de 1942. En otra traducción, aparece como apéndice a la biografía de Stalin escrita por Trotsky. La intención original de Trotsky había sido incluir el material citado como un capítulo de su biografía de Lenin, que comenzó mientras estaba exiliado en Francia, pero que nunca completó.



2 La revolución de 1905 en Rusia se extendió debido al descon­tento por la guerra ruso-japonesa. Culminó con la instalación del Soviet de Diputados Obreros de San Petersburgo en octubre, y fue aplastada por el zar en diciembre (ver 1905, León Trotsky).



3 Los narodniki (populistas), el movimiento de intelectuales rusos que realizó actividades en el campesinado entre 1876 y 1879, ano en que se dividió en dos partidos: uno anarquista, quefue aplastado después del asesinato del zar Alejandro II en 1881; el otro conducido por George Plejanov (1856-1918), que se dividió de nuevo, convirtiéndose el grupo de Plejanov al marxismo; el otro grupo constituyó el Partido Socialista Revolucionario, de base campesina. Plejanov llegó a ser un líder de la fracción menchevique en la socialdemocracia rusa después de 1903.



4 La Revolución de Febrero (de 1917) en Rusia derribó al zar y estableció el gobierno provisional burgués, que mantuvo el poder hasta que la Revolución de Octubre llevó a los soviets, bajo la conducción del Partido Bolchevique, al poder.



5 Paul Axelrod (1850-1925): fue uno de los primeros dirigentes de la socialdemocracia rusa y editor de Iskra. Se hizo menchevique en 1903.



6 Los demócratas constitucionales rusos, llamados cadetes, eran el partido liberal que promovía una monarquía constitucional en Rusia o incluso, finalmente, una república. Era un partido de terratenientes progresivos, mediana burguesía e intelectuales burgueses.



7 Después del aplastamiento del Soviet de Diputados Obreros de San Petersburgo en diciembre de 1905, los obreros de Moscú y de San Petersburgo protestaron a través de huelgas y barricadas estallaron también revueltas en Siberia, las provincias bálticas y el Cáucaso. Junto con el aplastamiento de los levantamientos, el gobierno preparó las elecciones para la Primera Duma (parlamento), que se celebraron en marzo de 1906.



8 Pavel Miliukov (1859-1943): líder de los cadetes, fue ministro de relaciones exteriores del gobierno provincial ruso, de marzo a mayo de 1917, y un prominente enemigo de la revolución bolche­vique. El Palacio de Invierno era la residencia de invierno del zar. Después de la Revolución de Febrero, se convirtió en la sede del gobierno provisional.



9 Noah N. Zordania (1870-1953): líder menchevique, fue jefe de la República de Georgia, vasallo de los imperialistas ingleses y alemanes, después de octubre de 1917. En 1921, luego del triunfo del Ejército Rojo en Georgia, emigró a París.



10 Dictadura del proletariado, el término marxista para el dominio de la clase obrera que sucederá al de la clase capitalista (la dictadura de la burguesía).



11 Domingo Sangriento: el 9 de enero de 1905, cuando las tropas zaristas hicieron fuego sobre una marcha pacífica de obreros de San Petersburgo que portaban un petitorio de derechos democráti­cos para el zar y mataron a cientos de personas. Las huelgas masivas que sobrevinieron en toda Rusia marcaron el comienzo de la Revolución de 1905.



12 A.L. Parvus (1869-1924) fue un prominente propagandista teórico marxista en el período anterior a la primera guerra mundial. Trotsky rompió con él en 1914, cuando se convirtió en uno de los líderes del ala pro belicista de la socialdemocracia alemana.



13 Hohenzollern fue el nombre de la familia gobernante de Prusia y Alemania hasta 1918.



14 Friedrich Ebert (1871-1925): líder del ala derecha de la socialdemocracia alemana. Como canciller dirigió con Scheidemann el aplastamiento de la revolución de noviembre de 1918, ejecutando a Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht y otros revolucionarios alemanes. Fue presidente de la República de Weimar de 1919 a 1925.

miércoles, 28 de abril de 2010

Bolchevismo y Stalinismo

León Trotsky










Sobre la cuestión de las raíces

teóricas e históricas de

la IV Internacional






Escrito: En 1937.







Épocas reaccionarias como la actual, no sólo debilitan y desintegran a la clase obrera aislándola de su vanguardia, sino que también rebajan el nivel ideológico general del movimiento, rechazando hacia atrás el pensamiento político, hasta etapas ya superadas desde hace mucho tiempo. En estas condiciones la tarea de la vanguardia consiste, ante todo, en no dejarse sugestionar por el reflujo general: es necesario avanzar contra la corriente. Si las desfavorables relaciones de fuerzas no permiten conservar las antiguas posiciones políticas, por lo menos hay que conservar las posiciones ideológicas, pues la experiencia tan cara del pasado se ha concentrado en ellas. Ante los ojos de los mentecatos, tal política aparece como "sectaria". En realidad no hace más que preparar un salto gigantesco hacia adelante impulsada por la oleada ascendente del nuevo periodo histórico.





REACCIÓN CONTRA EL MARXISMO Y EL COMUNISMO







Las grandes derrotas políticas, provocan inevitablemente una revisión de valores, la que en general se lleva a cabo en dos direcciones. Por una parte el pensamiento de la verdadera vanguardia, enriquecido por la experiencia de las derrotas, defiende con uñas y dientes la continuidad del pensamiento revolucionario y se esfuerza en educar nuevos cuadros para los futuros combates de masas. Por otra, el pensamiento de los rutinarios, de los centristas y de los diletantes, atemorizado por las derrotas, tiende a derrocar la autoridad de la tradición revolucionaria y vuelve al pasado con el pretexto de buscar una "nueva verdad".



Se podrían aportar infinidad de ejemplos de reacción ideológica que muy a menudo adopta la forma de postración. En el fondo, toda la literatura de la II y, III Internacional y la de sus satélites del Bureau de Londres (1), constituyen ejemplos de este género. Ni un renglón de análisis marxista. Ni una tentativa seria para aclarar las causas de las derrotas. Ni una palabra nueva sobre el porvenir. Solamente clichés, rutina, mentiras y ante todo, preocupaciones para salvar su posición burocrática. Bastan diez líneas de cualquier Hilferding o de Otto Bauer (2), para sentir ya el olor de podredumbre. De los teóricos del "Comintern"(3) es mejor no hablar. El célebre Dimitrov(4) es tan ignorante y trivial como el más simple almacenero. El pensamiento de estas personas es muy perezoso para renegar del marxismo: lo prostituyen. Pero actualmente no son estos señores los que nos interesan. Veamos los "innovadores".



El ex comunista austriaco, Willi Schlamm, ha consagrado un opúsculo a los procesos de Moscú (5) con el expresivo titulo de "Dictadura de la mentira". Schlamm es un periodista talentoso, cuyo principal interés está dirigido hacia los asuntos de actualidad. Hizo una excelente critica de las falsificaciones de Moscú y puso al desnudo la mecánica psicológica de las "confesiones voluntarias". Pero como no se da por satisfecho con esto, quiere crear una nueva teoría del socialismo que asegure el porvenir contra las derrotas y las falsificaciones. Como Schlamm no es un teórico y según sus declaraciones está muy poco familiarizado con la historia del desarrollo del socialismo, creyendo hacer un descubrimiento, presenta un socialismo anterior a Marx, que además de ser una variedad atrasada del socialismo alemán, es dulzón e insulso. Schlamm renuncia a la dialéctica y a la lucha de clases, sin hablar de la dictadura del proletariado. Para él, la tarea de la transformación de la sociedad se reduce a la realización de algunas verdades "eternas" de la moral, con las que se prepara para impregnar a la humanidad desde ahora, bajo el régimen capitalista. La revista de Kerenski(6) "Novaia Rossia" (antigua revista provincial rusa que se publica en París) no solamente adopta con alegría, sino que también con nobleza, la tentativa de Willi Schlamm de salvar el marxismo por medio de una inoculación de linfa moral. Según la justa conclusión de la redacción, Schlamm alcanza los principios del verdadero socialismo ruso, que ya había opuesto con anterioridad, a la ruda lucha de clases, los principios sagrados de la fe, esperanza y el amor.



Por cierto que la doctrina original de los "socialistas-revolucionarios" rusos, representa en sus premisas teóricas un retorno al socialismo de la Alemania anterior a Marzo de 1848. Sin embargo, sería demasiado injusto exigir de Kerenski, un conocimiento más profundo de la historia de las ideas del socialismo, que de Schlamm. Mucho más Importante es el hecho de que Kerenski, que ahora se solidariza con Schlamm, fue, como jefe de gobierno, el iniciador de las persecuciones contra los bolcheviques, tratándolos como agentes del Estado Mayor Alemán, es decir, que organizó las mismas falsificaciones, para luchar contra las cuales, Schlamm moviliza ahora verdades metafísicas sacadas de los mitos.



El mecanismo psicológico de la reacción intelectual de Schlamm y de sus semejantes, es muy simple. Durante algún tiempo estas personas han participado en un movimiento político que juraba por la lucha de clases e invocaba, de palabra, la dialéctica materialista. Tanto en Alemania como en Austria, este movimiento terminó con una catástrofe. Schlamm saca la siguiente conclusión sumaria "¡Ved adónde conducen la lucha de clases y la dialéctica!". Y como el número de descubrimientos está limitado por la experiencia histórica... y por la riqueza de los conocimientos personales, nuestro reformador en su búsqueda de una nueva fe, ha encontrado verdades antiguas, desechadas hace tiempo, que opone denodadamente no solamente al bolchevismo, sino también al marxismo.



A simple vista, la variedad de reacción ideológica presentada por Schlamm, es tan primitiva (de Marx... a Kerenski) que no vale la pena detenerse en ella. Sin embargo, es extremadamente instructiva: precisamente gracias a su carácter primitivo representa el denominador común de todas las otras formas de reacción, y ante todo el renunciamiento total al bolchevismo.









"VUELTA AL MARXISMO"



El marxismo ha encontrado su expresión histórica más grandiosa en el bolchevismo. Bajo la bandera del bolchevismo el proletariado obtuvo su primera victoria y fundó el primer estado obrero.



Ninguna fuerza será capaz de borrar estos hechos históricos. Pero, como la revolución de Octubre ha conducido al estado actual, es decir al triunfo de la burocracia, con sus sistemas de opresión, de falsificación y de expoliación -a la dictadura de la mentira- según la justa expresión de Schlamm, numerosos espíritus formalistas y superficiales, se inclinan ante la sumaria conclusión de que es imposible luchar contra el Stalinismo, sin renunciar al bolchevismo. Como ya sabemos, Schlamm va aún más lejos: el Stalinismo, que es la degeneración del bolchevismo, es también un producto del marxismo; en consecuencia, es imposible luchar contra el Stalinismo sin apartarse de las bases del marxismo. Gentes menos consecuentes, pero más numerosas dicen por lo contrario: "hay que volver del bolchevismo al marxismo". Pero... ¿Por qué camino? ¿A qué marxismo? Antes de que el marxismo "fuese a la bancarrota" en forma de bolchevismo, ya se había hundido bajo la forma de social-democracia. La consigna "volver de nuevo al marxismo" significa dar un salto sobre la II y la III Internacional hacia... ¡la I Internacional! Pero también esta fue derrotada. Resumiendo: se trata de volver en definitiva... a las obras completas de Marx y Engels. Para dar este salto heroico, no hay necesidad de salir del gabinete de trabajo, ni siquiera de quitarse las pantuflas. Pero, ¿cómo pasar de golpe de nuestros clásicos (Marx murió en 1883 y Engels en 1895) a las tareas de la nueva época, dejando de lado la lucha teórica y política de muchas decenas de años, lucha que comprende también el bolchevismo y a la Revolución de Octubre? Ninguno de los que se proponen renunciar al bolchevismo como tendencia históricamente en "bancarrota", ha indicado nuevos caminos.



Para ellos todo se reduce al simple consejo de estudiar EL CAPITAL. Contra esto no tenemos nada que objetar. Pero también los bolcheviques han estudiado EL CAPITAL, y no del todo mal. Sin embargo, eso no impidió la degeneración del Estado Soviético y la "mise en scéne" de los procesos de Moscú. ¿Qué hacer entonces? ¡Es verdad, por lo tanto, que el Stalinismo representa el producto legítimo del bolchevismo, como lo cree toda la reacción, como lo afirma el mismo Stalin, como lo piensan los mencheviques, los anarquistas y algunos doctrinarios de izquierda, que se consideran marxistas? "Siempre lo habíamos predicho -dicen- habiendo comenzado con la prohibición de los distintos partidos socialistas, con el aplastamiento de los anarquistas, estableciéndose la dictadura de los bolcheviques en los soviets, la Revolución de Octubre no podía dejar de conducir a la dictadura de la burocracia. El Stalinismo a la vez es la continuación y la negación del leninismo"





¿ES EL BOLCHEVISMO RESPONSABLE DEL STALINISMO?







El error de este razonamiento comienza con la identificación tácita, del bolchevismo, de la Revolución de Octubre, y de la Unión Soviética. El proceso histórico, que consiste en la lucha de fuerzas hostiles es reemplazado por la evolución abstracta del bolchevismo. Sin embargo el bolchevismo es solamente una corriente política. Aunque estrechamente ligado a la clase obrera, no se identifica con ella. En la U. R. S. S. además de la clase obrera existen más de cien millones de campesinos de diversas nacionalidades; una herencia de opresión, de miseria y de ignorancia. El estado creado por los bolcheviques refleja, no solamente el pensamiento y la voluntad de los bolcheviques, sino también el nivel cultural del país, la composición social de la población, la influencia del pasado bárbaro y del imperialismo mundial no menos bárbaro. Representar el proceso de la degeneración del estado soviético como la evolución del bolchevismo puro, es ignorar la realidad social. pues considera uno solo de sus elementos aislándolo de una manera puramente lógica. Basta con llamar este error elemental por su verdadero nombre, para que no quede nada de él.



El mismo bolchevismo jamás se ha identificado con la Revolución de Octubre ni con el Estado Soviético que de ella surgió El bolchevismo se consideraba como uno de los factores históricos, su factor "consciente", factor muy importante pero no decisivo. Nunca hemos pecado de subjetivismo histórico.



Veíamos el factor decisivo, - sobre la base dada por las fuerzas productivas -, en la lucha de clases, no sólo en escala nacional sino también internacional.



Cuando los bolcheviques hacían concesiones a las tendencias pequeño-burguesas de los campesinos; cuando establecían reglas estrictas para el ingreso al Partido; cuando depuraban este partido de elementos que le eran extraños; cuando prohibían a los otros partidos; cuando introducían la N. E. P.,(7) cuando cedían las empresas en forma de concesiones; o cuando firmaban acuerdos diplomáticos con los gobiernos imperialistas, extraían de este hecho fundamental, conclusiones que, desde el comienzo les era teóricamente claro: la conquista del poder, por muy importante que sea, no convierte al partido en el dueño todopoderoso del proceso histórico.



Ciertamente, después de haberse apoderado del aparato del Estado, el partido tiene la posibilidad de influenciar con una fuerza sin precedentes, en el desarrollo de la sociedad, pero en cambio es sometido a una acción múltiple por parte de todos los otros elementos de esta sociedad. Puede ser arrojado del poder por los golpes directos de las fuerzas hostiles. Con el ritmo más lento de la evolución. puede degenerar interiormente, aunque se mantenga en el poder. Es precisamente esta dialéctica del proceso histórico, la que no comprenden los razonadores sectarios que tratan de encontrar un argumento definitivo contra el bolchevismo, en la putrefacción de la burocracia Stalinista. En el fondo esos señores dicen: "un Partido revolucionario es malo cuando no lleva en sí mismo garantías contra su degeneración".



Enfocado con un criterio semejante, el bolchevismo está evidentemente condenado: no posee ningún talismán. Pero ese mismo criterio es falso. El pensamiento científico exige un análisis concreto: ¿Como y por qué el partido se ha descompuesto?, hasta ahora nadie ha hecho este análisis fuera de los bolcheviques. No por eso han tenido necesidad de romper con el bolchevismo. Por el contrario, es en el arsenal del bolchevismo donde han encontrado todo lo necesario para explicar su destino. La conclusión a la cual llegamos es la siguiente: evidentemente el Stalinismo ha "surgido" del bolchevismo; pero no surgió de una manera lógica, sino dialéctica; no como su afirmación revolucionaria, sino como su negación termidoriana. Que no es una misma cosa.





EL PRONOSTICO FUNDAMENTAL DEL BOLCHEVISMO



Sin embargo, los bolcheviques no han tenido necesidad de esperar los procesos de Moscú, para explicar a posteriori las causas de la descomposición del partido dirigente de la U. R. S. S. Hace mucho tiempo que habían previsto la posibilidad teórica de una variante semejante en su evolución y de antemano se hablan expresado sobre ella. Recordemos, pronóstico que habían hecho los bolcheviques no solamente en vísperas de la Revolución de Octubre. sino también un buen número de años antes. La agrupación fundamental de las fuerzas, a escala nacional e internacional, abre, por primera vez, para el proletariado de un país tan atrasado como Rusia, la posibilidad de llegar a la conquista del poder. Pero ese mismo agrupamiento de fuerzas permite asegurar de antemano, que sin la victoria más o menos rápida del proletariado de los países adelantados el Estado obrero no podría mantenerse en Rusia. El régimen soviético abandonado a sus propias fuerzas, caerá o degenerará . Más exactamente: primero degenerará y luego caerá rápidamente. He tenido oportunidad de escribir sobre esto, más de una vez, desde 1905. En mi "Historia de la Revolución Rusa" (apéndice al ultimo tomo, "Socialismo en un solo país" ) hay una reseña de lo que han dicho a este respecto los jefes del bolchevismo desde 1917 hasta 1923. Todo se reduce a una sola cosa: sin revolución en Occidente el bolchevismo será liquidado por la contra-revolución interna; por la intervención extranjera, o por su combinación. En particular, Lenin ha indicado más de una vez, que la burocratización del régimen soviético no es una cuestión técnica o de organización, sino que es el comienzo de una posible degeneración social del Estado Obrero. En el XI Congreso del partido, en Marzo de 1922, Lenin habla del "apoyo" que estaban decididos a ofrecer a la Rusia Soviética durante la época de la N. E. P., algunos políticos burgueses y en particular el profesor liberal Oustrialov. "Estoy por el sostenimiento del gobierno soviético en Rusia -dijo- aunque sea un cadete, un burgués que ha sostenido la intervención... por que ha entrado en el camino del poder burgués ordinario". Lenin prefiere la voz cínica del enemigo a los "dulces arrullos comunistas", y ha advertido al partido de ese peligro con estas palabras de ruda sobriedad: "Cosas como las que dice Oustrialov son posibles, hay que confesarlo. La historia conoce transformaciones de toda ¡índole; apoyarse en la convicción, la devoción y otras excelentes cualidades morales, es una cosa nada seria en política. Excelentes cualidades morales existen en un número ínfimo de personas, pero son las grandes masas las que deciden los desenlaces históricos, masas que tratan con poca benevolencia a ese escaso número de personas, si éstas le son poco gratas". En una palabra, el partido no es el único factor de la evolución y, en una gran escala histórica, no es un factor decisivo.



Sucede que una nación conquista a otra - continúa Lenin en el mismo Congreso, el ultimo en que participó -, esto es muy simple y comprensible a cualquiera. ¿Pero que sucede con la civilización de esos países? Esto ya no es tan simple. Si la nación que ha hecho la conquista tiene una civilización superior a la nación vencida, aquella le impone su civilización; pero si sucede lo contrario, la nación vencida le impone la suya a la nación conquistadora. No ha pasado algo semejante en la capital de la R. S. F. S. R., y no sucedió que 4.700 comunistas (casi toda una división de la mejor entre las mejores) se han visto sometidos a una civilización extranjera?". Esto fue dicho al comienzo de 1922, y no por primera vez. La historia no la hacen algunos hombres, -aunque sean "los mejores entre los mejores", y más aún, esos "mejores" pueden degenerar en el sentido de una civilización "extranjera", es decir, burguesa. No solamente el Estado Soviético puede alejarse del camino socialista, sino que también el partido bolchevique puede, en condiciones históricas desfavorables, perder su bolchevismo.



Es con la clara comprensión de este peligro, que nació la oposición de izquierda, definitivamente formada en 1923. Registrando diariamente los síntomas de degeneración, se esforzó por oponer al termidor amenazante la voluntad consciente de la vanguardia proletaria. Sin embargo, ese factor subjetivo resultó insuficiente. Las "masas gigantescas" que, según Lenin, deciden los desenlaces de la lucha, estaban cansadas por las privaciones propias del país y por una espera demasiado prolongada de la revolución mundial. Las masas perdieron la energía. La burocracia adquirió ventajas. Dominó a la vanguardia proletaria, pisoteó el marxismo, prostituyó al partido bolchevique. El Stalinismo resultó victorioso. Bajo la forma de oposición de izquierda, el bolchevismo rompió con la burocracia soviética y con su Comintern. Tal es la verdadera marcha de la evolución.



Ciertamente, en un sentido formal, el Stalinismo surgió del bolchevismo. Aún hoy, la burocracia de Moscú continúa llamándose partido bolchevique. Si utiliza la antigua etiqueta del bolchevismo lo hace simplemente para engañar mejor a las masas. Tanto más lastimosos son los teóricos que toman la cáscara por el carozo, la apariencia por la realidad. Identificando el Stalinismo con el bolchevismo prestan el mejor favor a los termidorianos y, por lo mismo, representan un papel manifiestamente reaccionario.



Con la eliminación de todos los otros partidos de la arena política, los intereses - y las tendencias contradictorias de las diversas capas de la población deben, en mayor o menor grado, encontrar su expresión dentro del partido dirigente, A medida que el centro de gravedad político, se desplazaba de la vanguardia proletaria, hacia la burocracia, el partido se modificaba, tanto en su composición social como en su ideología. Gracias a la marcha impetuosa de la evolución en el curso de los últimos quince años, ha sufrido una degeneración más radical que la social-democracia durante medio siglo. La depuración actual traza entre el Stalinismo y el bolchevismo no una simple raya sangrienta, sino todo un río de sangre.



La exterminación de toda la vieja generación bolchevique, de una gran parte de la generación ¡intermedia que había participado en la guerra civil, y también de una parte de la juventud que había tomado más en serio las tradiciones bolcheviques, de muestra la incompatibilidad no solamente política si no también directamente física, entre el bolchevismo y el Stalinismo. ¿Como es posible que no se vea esto?





STALINISMO Y "SOCIALISMO DE ESTADO"



Los anarquistas, por su parte, tratan de ver en el Stalinismo, además del producto orgánico del bolchevismo y del marxismo, el del "socialismo de estado" en general. Ellos consienten en reemplazar la patriarcal "federación de comunas libres" de Bakunin, por una federación más moderna de Soviets libres. Pero, ante todo, se oponen al estado centralizado. En efecto, una rama del marxismo "de estado", la social-democracia, una vez llegada al poder se ha convertido en una agencia declarada del capital. Otra, ha engendrado una nueva casta de privilegiados. Y claro, el origen del mal está en el Estado. Considerando esto con amplio criterio histórico, se puede encontrar una pizca de verdad en este razonamiento. El Estado, en tanto que aparato de opresión, es incontestablemente, una fuente de infección política y moral. Como la experiencia lo demuestra, esto es aplicable también al Estado Obrero. En consecuencia, se puede decir que el Stalinismo es el producto de una etapa histórica, en que la sociedad no ha podido arrancarse aún el chaleco de fuerza del Estado. Pero esta situación no nos da ningún elemento que permita apreciar el bolchevismo o el marxismo, sino que sólo caracteriza el nivel general de la civilización humana, y, ante todo, la relación de fuerzas entre el proletariado y la burguesía. Después de ponemos de acuerdo con los anarquistas de que el Estado, aun el Estado Obrero, está engendrado por la lucha de clases y de que la verdadera historia de la humanidad comenzara con la abolición del estado; queda planteado ante nosotros el siguiente problema: ¿Cuáles son los caminos y los métodos capaces de conducirnos "al fin de los fines" a la abolición del Estado? La experiencia reciente testimonia de que en todo caso no son los métodos del anarquismo. Los jefes de la C. N. T.(8) española, la única organización anarquista importante en el mundo, en la hora critica se han transformado en ministros de la burguesía. Ellos explican su abierta traición a la teoría del anarquismo, por la presión de las "circunstancias excepcionales". ¿Pero no es este el mismo argumento que emplearon a su tiempo los jefes de la social-democracia alemana? Por cierto que la guerra civil no es una circunstancia pacífica y ordinaria, sino más bien una "circunstancia excepcional". Pero, es precisamente para esas "circunstancias excepcionales" que se prepara toda organización revolucionaria seria. La experiencia española ha demostrado, una vez más, que se puede "negar" el estado en los folletos editados en "circunstancias normales" y con pern£w del estado burgués: pero también ha demostrado, que las condiciones de la revolución no dejan ningún lugar para la negación del estado y que además exigen su conquista. No tenemos la intención de acusar a los anarquistas españoles de no haber liquidado el Estado de un plumazo. Un partido revolucionario aún habiéndose apoderado del poder (lo que los jefes anarquistas no han sabido hacer a pesar del heroísmo de los obreros anarquistas), no es todavía el dueño todopoderoso de la sociedad. Si acusamos tan ásperamente a la teoría anarquista, lo hacemos porque habiéndose considerado conveniente para un periodo pacifico, se ha tenido que renunciar a ella apresuradamente, desde que aparecieron las "circunstancias excepcionales"... de la revolución. Antiguamente se encontraban generales - y se encuentran sin duda todavía - que pensaban que lo que más echaba a perder un ejercito era la guerra. Los -revolucionarios que se lamentan de que la revolución da al traste con su doctrina no valen mucho más que aquellos. Los marxistas y los anarquistas están plenamente de acuerdo, en cuanto al objetivo final, es decir, con la liquidación del estado. El marxismo permanece "estadual" únicamente en la medida en que la liquidación del estado no puede esperarse por el simple hecho de contentarse con ignorar su existencia. La experiencia del Stalinismo no modifica en nada la enseñanza del marxismo, si no que lo confirma, por el método inverso. Una doctrina revolucionaria que enseña al proletariado a orientarse correctamente en una situación determinada y a utilizarla activamente, no encierra en sí, -hay que entenderlo bien-, la garantía automática de la victoria. Pero, por el contrario, la victoria no es posible sino gracias a esa doctrina. Además es imposible representarse esta victoria en forma de un acto único. Es necesario considerar el asunto teniendo en perspectiva una extensa época. El primer estado obrero, descansando sobre una base económica poco desarrollada - rodeado de un anillo imperialista - se ha transformado en gendarmería del Stalinismo. Pero el verdadero bolchevismo ha declarado una guerra sin tregua a esa gendarmería. Para mantenerse, el Stalinismo está obligado a llevar ahora abiertamente una "guerra civil" contra el bolchevismo calificado de "trotskysmo", no solamente en la U. R. S. S., sino también en España. El viejo partido bolchevique está muerto, pero el bolchevismo por todas partes levanta la cabeza.



Buscar el origen del Stalinismo en el bolchevismo o en el marxismo, es exactamente la misma cosa, en un sentido más general, que querer buscar el origen de la contrarrevolución en la revolución. Sobre este esquema se ha modelado siempre el pensamiento de los liberal-conservadores y tras ellos el de los reformistas. A causa de la estructura de la sociedad basada en clases, las revoluciones siempre han engendrado las contra-revoluciones. ¿Esto no nos demuestra -pregunta el razonador- que el método revolucionario encierra algún vicio interno? Sin embargo, hasta ahora, ni los reformistas ni los liberales, han inventado métodos "más económicos". Pero, si no es fácil interpretar todo un proceso histórico viviente, no es por el contrario, nada difícil interpretar de una manera racionalista. la sucesión de sus etapas, haciendo proceder lógicamente el Stalinismo del "socialismo de estado-"; el fascismo del marxismo: la reacción de la revolución. En una palabra: la antítesis de la tesis. En este dominio como en tantos otros, el pensamiento anarquista queda prisionero del racionalismo liberal. El verdadero pensamiento revolucionario, es imposible sin la dialéctica.



Los argumentos de los racionalistas toman a veces, por lo menos exteriormente, un carácter más concreto. Para ellos el Stalinismo no procede del bolchevismo en sí, sino de sus pecados políticos. Los bolcheviques, dicen los espartaquistas alemanes, Gorter, Panneckoek,(9) etc., han reemplazado la dictadura del partido por la de la burocracia. Los bolcheviques han aniquilado todos los partidos salvo el suyo; Stalin ha estrangulado al partido bolchevique en interés de la camarilla bonapartista. Los bolcheviques llegaron a un acuerdo con la burguesía; Stalin se convirtió en su aliado y sostén. Los bolcheviques han reconocido la necesidad de participar en los viejos sindicatos y en el parlamento burgués: Stalin ha hecho amistad con la burocracia sindical y con la democracia burguesa. De esta manera se puede seguir razonando todo el tiempo que se quiera. A pesar del efecto que estos razonamientos puedan producir exteriormente, son absolutamente vacíos. El proletariado sólo puede llegar al poder por intermedio de su vanguardia. La misma necesidad de un poder estadual deriva del insuficiente nivel cultural de- las masas y de su heterogeneidad. La tendencia de las masas hacia su liberación cristaliza en la vanguardia revolucionaria organizada en partido. Sin la confianza de la clase en su vanguardia, y sin el apoyo de esta por aquella, ni siquiera puede plantearse la conquista del poder. Es en este sentido que la revolución proletaria y la dictadura constituyen el objetivo de toda la clase, pero solamente bajo la dirección de su vanguardia. Los Soviets son la forma organizada de la alianza de la vanguardia con la clase. El contenido revolucionario de esta alianza no puede estar dado más que por el partido. Esto está demostrado por la experiencia positiva de la Revolución de Octubre y por la experiencia negativa de otros países (Alemania, Austria y últimamente España).



Nadie ha demostrado prácticamente, ni siquiera ha tratado de explicar en forma precisa sobre el papel, de como el proletariado pueda apoderarse del poder sin la dirección política de un partido, que sabe lo que quiere. Si este partido somete a los soviets a su acción política, este hecho cambia tan poco el sistema soviético, como cambiaría una mayoría conservadora el sistema parlamentario británico. En cuanto a la supresión de los demás partidos soviéticos, no deriva de ninguna "teoría" bolchevique, sino que fue una medida de defensa de la dictadura en un país atrasado, agotado y rodeado de enemigos. Los mismos bolcheviques comprendieron desde un comienzo, que esta medida, completada con la supresión de las fracciones en el interior del mismo partido dirigente, encerraba un grave peligro. Sin embargo, la fuente del peligro no estaba en la doctrina o en la táctica, sino en la debilidad material de la dictadura, en las dificultades de la situación interior y exterior.



Si la revolución hubiera triunfado también en Alemania habría desaparecido la necesidad de prohibir a los otros partidos soviéticos. Es absolutamente indiscutible, que la dominación de un solo partido sirvió jurídicamente de punto de partida del régimen totalitario Stalinista. Pero la causa de tal evolución no está en el bolchevismo, ni tampoco en la interdicción de los otros partidos, como medida militar temporaria, sino en la serie de derrotas que sufrió el proletariado de Europa y Asia.



Sucedió lo mismo en la lucha contra el anarquismo. En la época heroica de la revolución, los bolcheviques marcharon juntos con los anarquistas verdaderamente revolucionarios. Muchos de ellos fueron absorbidos por el partido. Más de una vez el autor de estas líneas examinó con Lenin la posibilidad de dejar a los anarquistas, algunos territorios para que allí aplicaran, con el consentimiento de la población, sus experiencias de supresión inmediata del Estado.



Pero las condiciones de la guerra civil, del bloqueo y del hambre. no permitieron la aplicación de semejantes planes. ¿Y la insurrección de Kronstadt?(10), Hay que comprender que el gobierno revolucionario no podía "regalarles" a los marinos revolucionarios, una fortaleza que dominaba la capital, por el solo hecho de que a la rebelión reaccionaria de los soldados campesinos se les unieran algunos dudosos anarquistas. El análisis histórico concreto de los acontecimientos, no deja ningún lugar para las leyendas que la ignorancia y el sentimentalismo crearon alrededor de Kronstad, Majno (11) y otros episodios de la revolución.



Es indudable también que la burocracia surgida de la revolución ha monopolizado en sus manos el sistema de coerción. Cada etapa de la evolución, aun cuando ellas sean tan catastróficas, como la revolución y la contra-revolución, se origina en la etapa precedente, tiene en ella sus raíces y conserva algunos de sus rasgos. Los liberales, incluso la pareja Webb, (12) siempre afirmaron que la dictadura bolchevique representa solamente una nueva edición del zarismo. Por eso cierran los ojos ante detalles tales como la abolición de la monarquía y la nobleza, la entrega de la tierra a los campesinos, la expropiación del capital, la introducción de la economía planificada, la educación atea, etc... También el pensamiento liberal-anarquista, cierra los ojos ante el hecho de que la revolución bolchevique, con todas las medidas de represión, significaba la subversión de las relaciones sociales en interés de las masas, mientras que el golde de estado termidoriano de Stalin, lleva en si el reagrupamiento de la sociedad soviética en beneficio de una minoría privilegiada. Está claro que en la identificación del Stalinismo con el bolchevismo no hay ni rastros de criterio socialista.









PROBLEMAS TEÓRICOS



Uno de los principales rasgos del bolchevismo es su posición inflexible y aun puntilloso, frente a los problemas doctrinarios. Los 27 tomos de Lenin permanecerán siempre como ejemplo de una actitud escrupulosisima hacia la teoría. El bolchevismo jamás habría cumplido su misión histórica si careciese de esta cualidad fundamental. El Stalinismo grosero, ignorante y absolutamente empírico, presenta bajo este mismo aspecto el reverso del bolchevismo.



Hace más de 10 años que la oposición lo declaraba en su plataforma: "Después de la muerte de Lenin, se creo toda una serie de nuevas "teorías" con el solo objeto de justificar "teóricamente" la desviación del grupo Stalinista del camino de la revolución proletaria internacional". El socialista americano Liston Oak, que ha participado de cerca en la revolución española, ha escrito últimamente: "De hecho los revisionistas más extremos de Marx y de Lenin, son ahora los stalinistas. El mismo Bernstein (13) no osó hacer ni la mitad del camino que hizo Stalin en la revisión de Marx". Es absolutamente cierto. Es necesario agregar solamente que en Bernstein había realmente necesidades teóricas: trataba concienzudamente de establecer una armonía entre la práctica reformista de la social-democracia y su programa. La burocracia Stalinista además de no tener nada de común con el marxismo, es también extraña a toda doctrina, programa o sistema. Su "ideología" está impregnada de un subjetivismo absolutamente policial; su práctica, de un empirismo de la más pura violencia. En el fondo los intereses de la casta de los usurpadores, es hostil a la teoría: no puede dar cuenta a sí misma ni a nadie de su papel social. Stalin revisa a Marx y a Lenin, no con la pluma de los teóricos, sino con las botas de la G. P. U.





PROBLEMAS MORALES



Los fanfarrones insignificantes, a quienes el bolchevismo les ha arrancado sus caretas, tienen la costumbre de lamentarse de la "amoralidad del bolchevismo". En el ambiente pequeño-burgués de intelectuales, demócratas, "socialistas", literatos, parlamentarios y otras gentes de la misma laya, existen valores convencionales o un lenguaje convencional para cubrir la ausencia de verdaderos valores. Esta amplia y abigarrada sociedad donde reina una complicidad reciproca - "¡vive y deja vivir a los demás!" - no soporta en su piel sensible, el contacto de la lanceta marxista. Los teóricos que oscilan entre los dos campos, los escritores y los moralistas, pensaban y piensan que los bolcheviques exageran con mala intención los desacuerdos, son incapaces de una colaboración "leal" y que por sus intrigas rompieron la unidad del movimiento obrero. El centrista sensible y susceptible cree, ante todo, que los bolcheviques "calumnian", porque estos llevan su pensamiento hasta las ultimas consecuencias, lo que ellos son incapaces de hacer. Sin embargo, sólo con esa preciosa cualidad de ser intolerante para todo lo que es híbrido y evasivo, se puede educar a un partido revolucionario para que las "circunstancias excepcionales" no los sorprendan de improviso.



La moral de todo partido deriva en el fondo, de los intereses históricos que representa. La moral del bolchevismo, que contiene la devoción, el desinterés, el valor, el desprecio por todo lo falso y vano ­ ¡las mejores cualidades de la naturaleza humana!- deriva de su intransigencia revolucionaria puesta al servicio de los oprimidos. En este sentido, también la burocracia Stalinista imita las palabras y los gestos del bolchevismo. Mas, cuando la "intransigencia", y la "inflexibilidad" se cumple por intermedio de un aparato policial que está al servicio de una minoría privilegiada, esas cualidades se transforman en una fuente de desmoralización y de gangsterismo. Inspiran solamente desprecio, los que identifican el heroísmo revolucionario de los bolcheviques con el cinismo burocrático de los termidorianos.



Aun hoy, a pesar de los dramáticos acontecimientos del último periodo, el mediocre filisteo continúa creyendo que la lucha entre bolchevismo (trotskysmo) y el Stalinismo, es un conflicto de ambiciones personales, o en el mejor de los casos, una lucha entre dos "tendencias" del bolchevismo. La expresión más cruda de este punto de vista es la de Norman Thomas, leader del partido socialista americano. "No hay razón para creer - escribe en el Socialist Review de Septiembre de 1937, página 6 - que si Trotsky hubiese estado en lugar de Stalin habrían terminando las intrigas, el complot y el terror de Rusia". Y este hombre se cree... marxista.



Con el mismo fundamento se podría decir: "No hay razón para creer que si en lugar de Pío XI se encontrara en el trono de Roma, Norman 1º, la Iglesia Católica se transformaría en un reducto socialista". Thomas no comprende que se trata no de un match entre Stalin y Trotsky, sino de un antagonismo entre la burocracia y el proletariado. Por cierto que en la U. R. S. S. la capa dirigente está obligada a adaptarse a la herencia revolucionaria que aún no está completamente liquidada, preparando al mismo tiempo un cambio en el régimen social, por medio de una guerra civil declarada ("depuración" sangrienta, exterminación en masa de los descontentos). Pero en España la camarilla Stalinista se presenta desde hoy abiertamente como el refugio del orden burgués contra el socialismo. La lucha contra la burocracia bonapartista se transforma, ante nuestros ojos, en lucha de clases: dos mundos, dos programas, dos morales. Si Thomas piensa -que la victoria del proletariado socialista sobre la casta abyecta de los opresores, no regenerar política y moralmente el régimen soviético, demuestra con ello que a pesar de todas sus reservas, sus tergiversaciones y sus piadosos suspiros se encuentra mucho más cerca de la burocracia Stalinista que de los obreros revolucionarios. Al igual que aquellos que denuncian el "amoralismo" de los bolcheviques, Thomas es simplemente un advenedizo de la moral revolucionaria.





LAS TRADICIONES DEL BOLCHEVISMO Y LA IV INTERNACIONAL



Para los "izquierdistas" que ignorando el bolchevismo tratan de "volver" al marxismo, todo se reduce simplemente a algunos remedios aislados: boicotear los antiguos sindicatos, boicotear el parlamento crear "verdaderos" soviets. Todo eso podía parecer extraordinariamente profundo en la fiebre de los primeros días que siguieron a la guerra. Pero hoy, a la luz de la experiencia sufrida, estas "enfermedades infantiles" han perdido todo interés aun en su carácter de curiosidades. Los holandeses Gorter y Panneckoek, los "espartaquistas" alemanes y los bordighistas italianos,(14) han manifestado su independencia con respecto al bolchevismo. oponiendo a sus rasgos, uno de los suyos artificialmente agrandados. De esas tendencias de "izquierda" no queda nada, práctica ni teóricamente: prueba directa, pero importante, de que para nuestra‚ época el bolchevismo es la única forma del marxismo.



El partido bolchevique ha demostrado, en la acción, la combinación de suprema audacia revolucionaria y de realismo político. Por primera vez ha establecido entre la vanguardia y la clase la única relación capaz de asegurar la victoria. La experiencia ha demostrado que la unión del proletariado con las masas oprimidas de la pequeña burguesía de las ciudades y de los campos, es posible únicamente, con la derrota política de los partidos tradicionales de la pequeña burguesía. El partido bolchevique ha enseñado al mundo entero como se realiza la insurrección armada y la toma del poder. Los que oponen una abstracción de soviets, a la dictadura del partido, deberían comprender que únicamente gracias a la dirección de los bolcheviques, los soviets se elevaron del pantano reformista al papel de órganos del Estado proletario. En la guerra civil el partido bolchevique h3, realizado una justa combinación del arte militar con la política marxista. Aunque la burocracia Stalinista consiguiera arruinar las bases económicas de la nueva sociedad, la experiencia de la economía planificada, realizada bajo la dirección del partido bolchevique, quedar para siempre en la historia como una escuela superior para toda la humanidad. Únicamente no ven todo esto los sectarios, que ofendidos por los golpes recibidos, han vuelto la espalda al proceso histórico.



Pero esto no es todo. El partido bolchevique ha podido hacer un trabajo "práctico" tan grandioso, únicamente porque todos sus pasos estaban iluminados por la luz de la teoría. El bolchevismo no la ha creado: Ha sido dada por el marxismo. Pero el marxismo es la teoría del movimiento y no del reposo -y solamente acciones realizadas en una escala histórica grandiosa, podían enriquecer la teoría. Por el análisis de la época imperialista como época de guerras y de revolución; de la democracia burguesa en el periodo de decadencia del capitalismo; de la relación entre la huelga general y la insurrección; del papel del partido, de los soviets y de los sindicatos en la época de la revolución proletaria; de la teoría del estado soviético; de la economía de transición; del fascismo y del bonapartismo a la época de descomposición capitalista; en fin, por su análisis de la degeneración del mismo partido bolchevique y (.­ el estado soviético, el bolchevismo ha aportado al marxismo una contribución preciosa. Que se nos nombre otra tendencia que haya agregado algo esencial a las conclusiones y a las generalizaciones del bolchevismo. Vandervelde, De Brouckere, Hilferding, Otto Bauer, León Blum, Ziromsky, etc. sin hablar del mayor Attleey y de Norman Thomas(15) viven teórica y políticamente de las reliquias del pasado. La degeneración del Comintern se expresa en la forma más brutal en el hecho de que ha caído teóricamente al nivel de la II Internacional. Los grupos intermediarios de toda ¡índole (Independent Labour Party de Inglaterra, el P. 0. U. M.(16) y sus semejantes) vuelven a adaptar semanalmente, para sus necesidades del momento las migajas de Marx y de Lenin. Los obreros no aprenderán nada entre estas gentes.



Solamente los constructores de la IV Internacional,(17) al adoptar las tradiciones de Lenin y de Marx, han tomado una actitud seria con respecto a la teoría. Que los filisteos se burlen porque veinte años después de la Revolución de Octubre, los revolucionarios se han visto reducidos a las tareas de una modesta preparación de propaganda.



En este aspecto como en otros, el gran capital es mucho más perspicaz que los filisteos pequeño burgueses que se consideran "socialistas" o "comunistas". No es por nada que la cuestión de la IV Internacional no desaparece de las columnas de la prensa mundial. La imperiosa necesidad histórica de una dirección revolucionaria, asegura a la IV Internacional ritmos excepcionalmente rápidos en su desarrollo. El hecho de que no se ha formado fuera del gran camino de la historia, sino que ha surgido orgánicamente del bolchevismo, es la garantía más importante de sus éxitos futuros.



LEON TROSTKY



A de 1937











N 0 T A S

(1) El Bureau de Londres reunía a pequeñas organizaciones socialistas que oscilaban entre el reformismo y el marxismo revolucionario. La más importante era el Independent Labour Party.



(2) Políticos socialdemócratas al es.



(3) Denominación de la 3.a Internacional.



(4) Dirigente staliniano búlgaro que fue presidente de la 3ª. Internacional y procesado por Hltler a raíz de­ Incendio del Reischtag.



(5) Procesos judiciales seguidos por Stalin contra los oposicionistas y que significaron la liquidación de toda la vieja guardia bolchevique y su fusilamiento.



(6) Político ruso social revolucionario, que ocupara la presidencia del gobierno después de la revolución de Febrero de 1917.



(7) Nueva Política Económica. Cambio en la orientación económica de los Soviets, después de la Guerra Civil y propiciada por Lenin.



(8) Confederación Nacional de Trabajadores. o central sindical español de orientación anarquista.



(9) Críticos revisionistas del Leninismo.



(10) Fortaleza en Petrogrado, donde se insurreccionaron los marineros durante la guerra civil en Rusia,



(11) Guerrillero campesino que luchó contra los soviets, de orientación anarquista.



(12) Socialistas ingleses, pertenecientes a la Asociación Fabiana.



(13) Teórico socialdemócrata alemán, figura 'Principal del revisionismo.



(14) Corriente Izquierdista del comunismo italiano.



(15) Dirigentes socialdemócratas de la 2.a Internacional.



(16) Partido Obrero de Unificación Marxista, organización centrista cuya fuerza principal estaba en Barcelona. Reprimida violentamente por el Stalinismo durante la guerra civil española.



(17) Cuarta Internacional, Partido Mundial de la Revolución socialista, fundada por Trotsky en 1938, que defiende las Ideas de la Revolución Proletaria.